jorge luis borges por CHESE Ilustraciones.

LOS ATAJOS DEL LABERINTO

Tengo yo un amigo profesor. En Suiza. Por la parte de Ginebra, más concretamente. Nos entendemos bastante bien los dos, ya que aunque mi francés diste mucho de ser fluido, ambos acostumbramos a emplear el español cuando departimos entre nosotros. Lo que por otra parte es bien natural contando con los orígenes de mi amigo. El es argentino, bonaerense, con -por lo menos- un paisano mío andaluz entre sus antepasados, alguien apellidado Barrientos. Mi amigo se llama Leocadio Nezzi Barrientos y en la actualidad se dedica a impartir clases de literatura hispánica en la universidad de Lausanne, donde entre sus alumnos figura tener fama de amable y despistado. Según me cuenta.

Le conocí a Leocadio por casualidad, a través de Internet, hará cosa de unos cinco años. A los dos nos apasiona Jorge Luis Borges y entrando a comentar en una web casi desconocida dedicada a este artista: "Los Atajos del Laberinto" -... se imaginan, en pos de un modesto lucimiento público acorde con nuestra perspicacia- la coincidencia de pareceres que ambos sustentamos esa vez sobre la intención última del autor al emplear en uno de sus cuentos una serie similes bastante estrambóticos, propició que naciese entre nosostros una fluida correspondencia dedicada, casi siempre, a poner en solfa nuestras opiniones, y contrapesar nuestras diferencias, en torno a todo tipo de detalles curiosos susceptibles de ser descubiertos en la obra del maestro por parte de todos aquellos que nos preciamos de conocerla a fondo. Y amarla como se merece.

Detalles estos, que por su particularidad, y sobre todo por las repercusiones e influencias de todo tipo que les presuponíamos pese a su aparente inocencia, gustábamos Nessi y yo que permaneciesen inadvertidos para el resto de los mortales, incluidos los visitantes más asiduos de "Los Atajos del Laberinto", y hasta los propios titulares del website, a quienes ni se nos pasaba por la cabeza hacer partícipes de tan suculento botín ¿qué iban a hacer con él esos pobres diablos?. Consignemos aquí entonces que, desde el que fue nuestro primer encuentro cibernético, el profesor Nessi y yo comenzamos a incubar al alimón una serie de secretos de escritorio, relativos a Borges, que nos han permitido gozar a ambos de algunos regocijantes momentos de meditación y remembranza.

Borgianos los dos, valga el término, y escritores ambos, aunque en lo que a mi respecta los méritos escasos que me proporcionan el sustento poco o nada tengan que ver con el canallesco mundo de las letras, hemos ido dedicando nuestros mejores afanes un días tras otro, una carta electrónica tras otra, a intentar desmenuzar la obra del excelso misántropo. Un trabajo de disección muy especial ya que más allá del cuerpo -las palabras- lo que a mi parecer hemos pretendido es insertar nuestros afilados bisturies cerebrales en el alma -las intenciones- del exclusivo esteta. Perseguimos una recompensa que si para muchos sería tirando a parca a nosotros dos se nos antoja valiosísima, la de hacernos con una serie de pistas definitivas en orden a descifrar alguno de los enigmas claves presentes en la existencia de Borges, el fundamental de todos sin duda, para mi, lo constituirían las razones por las que este jamás se decidió a escribir una novela, por más de lo que a este respecto pueda haber opinado en algún momento de su vida el señor Carlos Menem.

Y en estas, una de esas niñerías que a veces acontecen entre los fans más acérrimos de los divos -ejeeem...- Nessi y quien les habla empezamos a barajar la posibilidad (primero comenzamos haciéndolo en broma, luego: medio en broma medio en serio, y, a lo último, completamente ya a conciencia; y con ello quiero decir: conscientemente) de que esa novela existiera pero hubiere quedado inédita por la propia voluntad del maestro. O de Maria Kodama. ¡Vaya usted a saber!

En cambio, interesa por encima de lo restante a Leocadio descifrar el comportamiento sentimental de Borges. Y así se se cuestiona constantemente no tanto su celibato -al fin y a la postre son numerosos los escritores, y escritoras, que permaneciendo solteros hasta la fecha de su óbito no han llegado a levantar ningún tipo de suspicacias sobre su conducta- como el discreto papel que en comparación con el del amor en cuanto sentimiento universal, el genio habría decidido otorgarles en su obra a unas hipotéticas enamoradas suyas. Siendo justo esa curiosidad por intentar saber si los enamoramientos de Borges propasaron en alguna ocasión el terreno del platonismo para adentrarse en otros sin duda más jugosos, y resbaladizos, la que ha propiciado en primer término -luego hubieron de concurrir: la existencia de la vacante en el departamento de literatura hispánica de la institución, sus prolijos conocimientos de la materia y un entente apresurado con el sesudo caballero que en esos momentos dirigía el decanato- la presencia de mi amigo en Lausanne. Ginebra dista de allí no mucho más de media hora en automóvil y, de decidirnos a hacerle caso cuando perora sobre el asunto, habría sido la insulsa ciudad helvética, en la que se desarrollaron buena parte de sus vivencias juveniles, el escenario que permitió a Borges disfrutar junto a una muchacha galesa del gran amor de su vida. Tenía pendiente de averiguar no obstante, Leocadio, según el mismo reconocía, si aquél llego a gozarlo de forma categórica. Esto es, saber si los contenidos sentimientos eróticos del numen llegaron, o no, a desbocarse, a materializarse de facto con el goce real de las formas y las texturas de la carne de la chica. Si llegaron a acostarse juntos, vaya.

Sobre la identidad de la presunta amante británica de Borges guarda el susodicho -incluso conmigo, que a lo más que se atrevió, fue a revelarme esos orígenes cámbricos de la mujer- un cauteloso hermetismo y yo me dedico a incordiarle un poco poniendo en tela de juicio la verosimilitud de sus conjeturas, no paro de reclamarle pruebas concretas en las que poder sustentarlas. Esto es algo que a él le saca de sus casillas, aunque no lo reconozca, y en las cartas en las que deberían haber figurado sus explicaciones, procede siempre a despacharse desentendiéndose de mis apremios y remiténdome atolondradamente a algún ensayo suyo -concerniente a algún ensayo de Borges- del que, a su juicio, a poca suspicacia que posea el lector va a caberle detraer de lo escrito los datos necesarios para deducir que el joven Jorge Luis sucumbió, cual simple mortal, a los dulces encantos del erotismo durante su estancia ginebrina. Con lo que él a su vez -no sé si a propósito- consigue, también, descasillarme a mi, que no alcanzo a asimilar como pese a semejante desgobierno en su estilo literario -y lo extremadamente aleatorias que acostumbran a ser sus infrecuentes opiniones- esa serie de opúsculos suyos sobre el literato, objeto de sus citas, le han podido permitir disfrutar de cierto nombre y alguna reputación en medios académicos. E incluso audiovisuales. Entre nosotros, Leocadio es un fantasioso embarullado. Sí, esa es la calificación que mejor le define al pájaro: la de fantasioso embarullado. Pero al muy cabrón lo han sacado ya en la tele como contertulio de algunos debates culturales ¡por lo menos cuatro veces!.

El colmo del vaso se rebasó ayer mismo a las once de la noche. Llevaba ya unos dias, el botarate, mandándome una serie de correitos en los que aludía a la gigantesca sorpresa que iba a llevarme a no mucho tardar si ciertas pesquisas en las que andaba enredado con una guapa bibliotecaria de Grenoble -el tío me aseguraba que "la mina es lindísima"- llegaban por fin a buen puerto. Fue ayer por la noche que recibi, en la pantalla de mi ordenador, estas palabras de Leocadio que paso ahora a transcribir acá:

"Pese a que estabas sobre aviso, boludo, la sorpresa que te voy a dar, va a ser, igual: bufante, gigantesca. Al final, he podido salirme con la mía y el original se halla ahora mismo en mi poder. Blanche lo encontró dentro de una primera edición de "La Cartuja de Parma" y tras una deliciosa cena romántica, y su colofón correspondiente, la joven no ha tenido el menor reparo en cedérmelo. Sí, así es... antes no era de nadie, ahora es mío. No me consta quién pudo haberlo metido entre las páginas del libro. Sí conozco al dueño de la mano que lo redactó. Su estilo es inconfundible. Y la firma, también. Ahí tenés, ante vuestros ojos mezquinos y medio cegatos, una poesia inédita de J.L. Borges, un soneto. ¡Disfrutala!.


La eternidad fue ayer, hoy es la historia

de una flor que mi mano ya no alcanza,

el guión de otra noche de añoranza

y este olor a lavanda en mi memoria.

El tictac de un reloj; métrica y gloria,

Pandora liberando la esperanza,

corazón que no inclina la balanza;

un final con sentencia absolutoria.

La eternidad se fue de nuestro lado

y nos dejó aquel verbo intransitivo

que ahora conjugamos en pasado;

sin pronombre sin causa y sin motivo.

Me pregunto si Dios se habrá cansado

de esperarme a la sombra de su olivo.


Leí el poema dos veces y volvi a releerlo una vez más. Me emocioné. Sonreí. El que Leocadio no hubiese dado con su paradero entre la extensa obra del prócer, no quería decir que fuera inédito. ¡Ni mucho menos!. Además... estaba casi convencido que todo eso que me contaba de la hermosa bibliotecaria, la cena, y el colofón a la misma, no pasaría de ser un desvarío, otro más, de su obtusa mente calenturienta. Sin embargo... he dejado pasar una buena parte de la noche repasando a conciencia la obra completa del insigne escritor y no he podido dar con el texto. ¿?.

Estoy convencido, casi, de haberlo leído antes, en alguna ocasión, no sé cuando, no sé en que libro.... ¿alguno de ustedes me puede ayudar a encontrarlo?. Esto me permitiría desenmascar la burda patraña del bellaco. Y yo se lo agradecería eternamente.